El diablo viste de Prada 2, un regreso casi entretenido en clave disneyana empalagos
- Planet Claire
- May 5
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2026 © articulo de Clara Bruno. Todos los derechos reservados.
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Estamos ante una secuela bastante disfrutable, ligera y bien construida. La película no sorprende, pero logra entretener gracias al carisma de su reparto y a un universo narrativo -el del lujo contemporáneo- que ejerce una fuerte fascinación sobre el público. En conjunto, sobre el estilo de esta continuación pesa la impronta “moral” del actual productor, Disney, que entretanto adquirió 20th Century Fox, productora de la primera película.
Veinte años después del éxito del primer filme, firmado por el mismo director y la misma guionista en 2006, The Devil Wears Prada 2 (El diablo viste de Prada 2) vuelve a llevar a la pantalla el mundo icónico, despiadado y reluciente de la edición de moda. El tiempo ha pasado, la industria se ha transformado bajo la presión de lo digital y de nuevos códigos culturales, pero el estilo, y sobre todo el poder, de Miranda Priestly parecen haberse mantenido intactos.
La historia está inspirada en la auténtica editora jefe de Vogue America, Anna Wintour, directora artística de la prestigiosísima revista durante casi cuarenta años, una mujer con un estilo de mando carismático, autocrático y directo, en una época obsesionada con ritmos de trabajo extremos y el glamour. Sobre este icono, su exasistente personal Lauren Weisberger escribió en 2003 una novelita con el mismo excelente título, de la que se adaptó la primera película. La novela, de prosa floja, fue ampliamente superada en intensidad dramática por el excelente primer filme.
La secuela retoma la historia de Andrea “Andy” Sachs (Anne Hathaway), que en esta segunda entrega es mucho más protagonista (inmerecidamente más que la fantástica Meryl Streep).La prensa escrita atraviesa una crisis financiera y Andy, tras una carrera periodística sólida y prestigiosa, se encuentra de repente despedida… por SMS. En busca de trabajo, regresa a la revista Runway, dirigida por la distante editora jefe Miranda (la grandiosa Meryl Streep, claro). Se reactivan las viejas dinámicas en un contexto, sin embargo, profundamente cambiado. Las reglas del juego se redibujan con presupuestos mucho más ajustados, una mayor atención a la ética y un sistema mediático dominado ya no por el papel satinado, sino por los clics en redes sociales.
La comedia no funciona tan bien como la primera, pero juega con inteligencia con el contraste entre lo viejo y lo nuevo. Los dos personajes principales son magníficos y están interpretados de forma impecable, como entonces: Miranda, icono de una élite ya cuestionada, se ve obligada a adaptarse, al menos en apariencia, a los temas contemporáneos, desde la body positivity hasta la inclusión lingüística. Resultan divertidas las escenas en las que el lenguaje se corrige porque “ya no se puede decir” ciertas cosas: la actual asistente personal de la directora se ve obligada continuamente a censurar los epítetos críticos —y desternillantes— que Miranda suelta en las reuniones. La mejor de estas escenas es cuando Miranda, en una reunión, se dirige a un videógrafo que presentaba su trabajo preguntándole si estuvo presente cuando se grabaron las imágenes (!!), dada la pésima calidad del resultado, añadiendo que las modelos parecían “cabras famélicas pastando en el aparcamiento de un centro de metadona en Nueva Jersey”. Es uno de los pocos momentos en los que aflora la famosa -y divertida- crueldad glacial de la editora jefe. ¿Dónde ha quedado la Miranda Priestly cáustica que conocíamos?
Junto a Miranda, su talentoso “número dos”, Nigel (interpretado de nuevo por un magnífico Stanley Tucci), sigue siendo una presencia sólida, protectora y casi familiar, un deus ex machina al que se debe gran parte del éxito de Runway.
Nuevos personajes secundarios introducen tensiones generacionales y culturales, pero apenas están desarrollados.
La empalagosa subtrama sentimental de Andy es puro relleno que ralentiza el ritmo narrativo: leí una frase divertida en un periódico británico sobre el novio de Andy (un rico agente inmobiliario australiano llamado Peter, interpretado por Patrick Brammall), al que el cronista definía irónicamente como “tan esencial como un accesorio beige”.
Emily Blunt reaparece como Emily, exasistente de Miranda y ahora figura de poder en el sistema de la moda, al frente de la Maison Dior de Nueva York. Su personaje, crudamente arribista, aporta algunas frases y una lúcida presencia cínica. Poco creíble, pero muy disneyano, el final en el que su infinita perfidia acaba siendo perdonada.
La dirección de David Frankel y el guion de Aline Brosh McKenna apuestan por una estructura conocida, recuperando momentos icónicos del primer filme en clave actualizada: desde las conversaciones con Nigel hasta las misiones imposibles entre bastidores del poder editorial, pasando por viajes al centro de la Alta Moda internacional, donde esta vez destacan Milán y la inevitable extensión hacia el Lago de Como, con desfiles abarrotados de diseñadores y modelos célebres del mundo real, que aparecen aquí y allá como figurantes prestigiosos pero vacíos, apenas relevantes (entre ellos, una breve y bastante banal escena con Donatella Versace), y una cena de gala en la sala de La Última Cena de Leonardo da Vinci, en el refectorio del antiguo convento dominico de Santa Maria delle Grazie.
La operación es nostálgica, satisface a los fans, pero sin reinventar la fórmula. La primera película era mucho más afilada y acertada: el cinismo y el arribismo despiadado de entonces se diluyen ahora en un buenismo poco creíble, coronado incluso por un disneyano “y vivieron felices para siempre”.
Aun así, resulta agradable ver en esta segunda comedia de El diablo viste de Prada a tantos personajes masculinos (colegas, parejas) que encarnan el modelo del auténtico gentleman: siempre respetuosos en los momentos delicados de sus parejas, atentos a sus necesidades de reflexión y autonomía, e incluso a sus caprichos puntuales. Incluso las crisis de pareja se afrontan con elegancia y se resuelven con pocas palabras y una sonrisa: «No somos perfectos; estamos juntos también para aceptar y compartir nuestras imperfecciones». El mundo a lo Disney tiene sus aspectos positivos.
Y así, también la sátira “diabólica” del feroz mundo de la moda queda ahora edulcorada.






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